Tenía la intención de valerse de las corrientes marinas prevalecientes en los océanos Atlántico, Indico y Pacifico, pasando por debajo del Cabo de la Buena Esperanza, Tasmania y el Cabo de Hornos. Téngase presente que en aquella época no se contaba con sistemas de navegación satelital ni con las modernas ayudas a la navegación. Dumas debía valerse de los rudimentarios medios disponibles y poner a prueba su resistencia física.
Una anécdota revela, empero, con cuanta soltura emprendió esta aventura:
Al partir, un amigo le preguntó cuánto dinero llevaba encima. Desconcertado, Dumas sacó su billetera y constató que solamente contenía un billete de 10 Pesos. "Y con eso piensas dar la vuelta al mundo?" le preguntó el amigo. Dumas replicó: "Y donde pretendes que gaste el dinero navegando?". El amigo no supo qué contestarle, pero le entregó diez libras esterlinas en billetes, "por las dudas..."
El navegante solitario emprendió su viaje rumbo al Este, sin importarle las condiciones climáticas ni la mar embravecida. Su peor contrincante fue la falta de sueño y a veces la sed, ya que sus reservas de agua dependían de las ocasionales lluvias. Durante una fuerte tormenta sufrió una seria herida en la cabeza. A raíz de la consiguiente infección comenzaron a acosarlo alucinaciones. En tales condiciones avistó la tierra de Tasmania y procuró acercarse para pedir ayuda. Pero su fuerzas le fallaron y no pudo arriar la vela mayor. Perdida esta oportunidad de reponerse, su barco siguió navegando a todo trapo hacia las abiertas aguas del Pacífico. Le quedaba a Dumas una sola esperanza: poder superar el difícil paso por el Cabo de Hornos y remontar la costa patagónica hasta llegar a su destino.
Arribar a desde Montevideo (Uruguay) a Ciudad El Cabo (Sudáfrica) le demando 55 días de travesía; de allí a Wellington (Nueva Zelanda) a través de zonas de monzones, con olas de 18 metros de altura, requirieron un esfuerzo titánico para sobrevivir (104 días de navegación); desde allí a Valparaíso (Chile), a través del Océano Pacífico (72 días de navegación.
Desde Valparaíso, por el Cabo de Hornos, en la unión de los dos océanos, por la ruta de la muerte, hasta Mar del Plata, y de allí costeando a Buenos Aires. Tardó un año y 36 días en cumplir el objetivo que se había fijado.
Finalmente lo logró, convirtiéndose en el primer solitario que pasó por dicho Cabo de occidente a Oriente, y después de haber navegado 21.000 millas náuticas durante 274 días pudo arribar nuevamente a Buenos Aires el 8 de agosto de 1943.
Allí lo esperaba una jubilosa recepción y decenas de barcos lo acompañaron a su ingreso por el Río de la Plata. Miles de personas lo aclamaron mientras era saludado por las autoridades navales.
Pero este entusiasmo fue de corta duración. El mundo tenía otros problemas de los que preocuparse. Durante los 9 meses largos que duró su lucha por la supervivencia en el mar, muchas cosas habían cambiado. Algunos temían la llegada del fin del mundo occidental. Otros, como el escritor austriaco Stefan Zweig, quien se suicidó en su exilio en Brasil, no creían poder sobrellevar el derrumbe de la Europa tradicional. Noticias sobre El Alamein y Stalingrado conmovían la opinión pública. La población argentina se había dividido en dos grupos antagónicos, que apoyaban respectivamente a los bandos en conflicto. El gobierno nacional se vio obligado a decretar el estado de sitio para evitar desórdenes.
La hazaña de Vito Dumas pronto entró en el olvido y el otrora aclamado navegante solitario murió el 28 de marzo de 1965, tal como había vivido: desapercibido. También su legendario barco, el "Legh II", fue deteriorándose a la intemperie al no hallar lugar en museo alguno.
Recién después de su muerte, fue públicamente reconocida la inaudita hazaña de Vito Dumas, y su libro "Los Cuarenta Bramadores" apareció editado en varios idiomas. Lamentablemente no tuve oportunidad de leer este libro, pero Vito Dumas se perpetuó en mi memoria como imagen de un digno ejemplo de fuerza de voluntad y auto superación.

