Cuando llegamos al barquito,
encontramos a un marinero del club (Yacht Club Argentino) achicándole el agua y
como estaba con todos los pisos levantados, pudimos apreciar la nobleza de su
construcción. Un respetuoso saludo a los astilleros franceses se impuso. El
barco desde luego está hecho de acuerdo con los escantillones exigido por la
regla a que pertenece, pero además está muy bien hecho.
Las cicatrices de las
batallas sostenidas con los elementos de la naturaleza abundan por todos lados.
Notamos con verdadero placer que la arboladura se encuentra en buen estado y que
los obenques y burdas son magníficos. Todas las aberturas han sido cerradas. El cockpit tapado, deja solamente un pequeño tambucho por donde el bravo yachtsman
sacaba su cuerpo para timonear. La lumbrera también ha sido clausurada dejándole
un vidrio fijo, solamente para la luz.
A derecha e izquierda del cockpit y
debajo de la cubierta hay unas cajonadas. Allí vemos un Primus (calentador a
kerosén) que demuestra no haber sido trabajado, una antorcha eléctrica, un
hacha y varios utensilios. En la otra, sólo algunas velas.
Dos damajuanas para
agua se encuentran bajo la bancada. Un compás seco, y nada más. Hacia proa, en
lo que podríamos llamar la camareta, dos asientos completamente pelados; ni una
frazada, nada. En la parte de proa dos anclas que impresionan bien al marino, un coy, varias perchas y remos y se acabó el inventario. Es el barco más vacío que
hemos visto en nuestra vida. Y se explica; todo el espacio disponible era poco
para cobijar un espíritu tan grande como el de su capitán y único tripulante."