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Especial
Dio gloria a la República Argentina, y la República
Argentina le retribuyó con olvido. Es que lo suyo fue
ensueño, sacrificio, tenacidad para afrontar durísimos
desafíos, y hace demasiado tiempo que los argentinos han
extraviado esos valores. Vito Dumas ha sido el mayor
navegante solitario de la historia mundial, un
deportista de talla no menor que la de Juan Manuel
Fangio, rango que comenzó a conquistar el 1º de julio de
1942, cuando se lanzó a la más grande aventura náutica
jamás intentada por un solo hombre: dar la vuelta al
planeta en un pequeño velero, atravesando la terrible
zona de “Los 40 Bramadores”, ubicada al sur del paralelo
de 40 grados y azotada permanentemente por vendavales
que soplan desde el oeste.
Solamente dos expediciones de yachtmen habían logrado
cruzarla: en 1910, el Pandora unió Nueva Zelanda con la
República Argentina, pasando por el Cabo de Hornos;
estaba al mando de dos veteranos capitanes, un inglés y
un australiano, que luego desaparecieron en la inmensa
soledad del Atlántico Sur; en 1924, el Saoirse,
tripulado por cuatro experimentados marinos, renovó la
hazaña, con escalas en Durban y Melbourne. Pero nadie se
había atrevido a hacerlo solo.
Vito Dumas tenía una pequeña estancia en la provincia de
Buenos Aires. Vendió todos sus animales, contrajo
préstamos y mandó construir el Lehg II, un yate de 9,55
metros de eslora, 3.30 de manga, 1,75 de calado. A
juicio de expertos europeos, uno de los más bellos
barcos que se puedan concebir (al término de su proeza,
lo donó a la Escuela Naval). El Lehg I le había servido
para acumular experiencias, entre ellas el cruce del
Atlántico, en 1931, entre Arcachon (Francia) y Buenos
Aires, siguiendo un itinerario (derrota, en términos
marinos) que habían trazado antes que él audaces
navegantes solitarios, como el francés Gerbault (1923) y
el alemán Plüschow (1928).
Tenía todo listo para iniciar la navegación por la
llamada “Ruta imposible”, pero la caída abismal de los
precios agrícolas lo colocó en el umbral de la ruina;
debió vender el Lehg II; un verdadero drama del que se
repuso más tarde cuando ahorró unos pesos y recuperó el
navío, que estaba muy deteriorado. Con ayuda del Yacht
Club Argentino y del Club Gimnasia y Esgrima de Buenos
Aires lo puso a nuevo. Su amigo Arnoldo Bruzzi pagó
todos los gastos. El 27 de junio de 1942, con 10 pesos
propios y 10 libras esterlinas que le regaló Bruzzi,
partió de Buenos Aires. Hubo de esperar en Montevideo a
que amainara el pampero, y el 1º de julio de 1942 inició
verdaderamente su hazaña. En pleno invierno; no pudo
empezar en peores condiciones. Cubrió las cuatro mil
millas hasta llegar al África en 55 días; de ellos, 45
en constantes borrascas. Durante ese trayecto, se le
infectó el brazo derecho, que quedó inutilizado durante
semanas.
Cuenta en su libro Los 40 Bramadores que, desesperado
por la fiebre (superior a los 40 grados durante varios
días) y por el intensísimo dolor, intentó amputarse el
brazo. La hinchazón se había hecho monstruosa. En la
noche del 11 de julio, mientras una furiosa tempestad se
abatía sobre el Lehg II, se inyectó un antitetánico,
invocó a Santa Teresa (Vito Dumas era profundamente
religioso), tomó un cuchillo y se dispuso a iniciar el
corte. No alcanzó a introducir el acero en su carne. Se
desmayó. Piensen lo que quieran: cuando despertó, su
litera estaba empapada de pus; en el brazo se había
abierto un orificio de 8 centímetros de diámetro, por
donde drenó la infección, el dolor había desaparecido y
recobró el movimiento. La tempestad pasó, y pudo dormir
por primera vez en muchos días.
El 21 de julio, se interna por una región helada, donde
soplan vientos de hasta 140 kilómetros por hora, con
olas de hasta 16 metros de altura. El Lehg II, maravilla
de la ingeniería náutica, supera airosamente todos los
obstáculos.
Cuando cruza con navíos de combate ingleses y
australianos que patrullan la región no se le confirma
nunca su posición, pues el mundo está en guerra. Eso sí,
le saludan con sirenas, le ofrecen agua y alimentos y
medicinas, pero ningún dato oceanográfico. La barbarie
de la guerra desplaza a la solidaridad, al sentido
común.
Pero Vito Dumas se demuestra un eximio navegante, que
jamás extravía el rumbo. Se cruza con submarinos y otros
navíos de guerra y después de 55 días de navegación en
soledad puede hablar por primera vez en castellano con
el tripulante de un crucero inglés que conoce el idioma.
Justamente, después de 55 días de navegación, el Legh II
ingresa en la Bahía de la Mesa, en Ciudad del Cabo.
(Dumas rechazará al práctico, porque no desea gastar aún
sus 10 pesos y sus 10 libras esterlinas...) Se queda en
El Cabo hasta el 14 de septiembre, cuando inicia la
etapa más dura: Ciudad del Cabo–Nueva Zelanda siguiendo
“La derrota imposible” del mar Indico, que ningún
navegante solitario ha podido realizar.
Allá va el argentino, que está asombrando a un mundo
hundido en el drama de la guerra. El primer temporal que
enfrenta dura tres días y tres noches. Habrá lapsos de
hasta 24 horas en que maniobrará la caña del timón sin
posibilidad de reposo alguno. Cuando desciende a la
cala, se encuentra con que un tanque ha perdido toda su
carga de 200 litros de agua potable. Le quedan solamente
160 litros para afrontar la extensa travesía de más de
siete millas. Se alimenta con chocolate hervido o en
tabletas, galleta con mucha manteca, dátiles y vitaminas
A y C. Algunos días, puré de papas y arroz con curry.
Cuando cumple 42 años (había nacido el 26 de septiembre
de 1900), se ofrece de regalo una botella de champán...
El 9 de noviembre, lleva 56 días de navegación y se
afeita por primera vez. Le quedan solamente 50 litros de
agua. El 13 de ese mismo mes está a sólo 130 millas de
las costas de Australia. Lo atacan nuevamente las
fiebres, pero decide seguir. No se detendrá: lo espera
Nueva Zelanda. De pronto, calma chicha. Diez días
infernales, paralizado bajo un sol inclemente. El agua
se agota; vuelven los vientos y el 22 de noviembre cruza
el meridiano antípoda de Buenos Aires: ha cumplido media
vuelta al mundo. Se le termina el agua, y comienza a
beber agua de mar, que tolera muy bien. Un ciclón
produce algunas averías, que hacen escocar al Legh II. A
pesar de su tremenda debilidad por la escasez de
alimentos y de agua potable, consigue mantener enhiesta
a la maravillosa embarcación. Contrae escorbuto y le
resulta casi imposible masticar. Morder una galleta se
transforma en una tortura. El sueño inducido por la
debilidad lo acosa día y noche.
Para este buen católico, el día de Navidad trae el mejor
de los regalos: avista las costas de Nueva Zelanda.
Llegará el 27 de diciembre de 1942: ha navegado solo,
sin escalas, 7.400 millas en 104 días. “Nadie, nadie, si
no es Dios, podrá obligarme a hacer otro esfuerzo como
éste”, declara al llegar a tierra. Una hazaña que
inmortaliza su recuerdo en cualquier país del mundo
donde hay marineros y genuinos deportistas. (En
Inglaterra y Francia, se le honra hoy, y se le honrará
siempre, como a un grande de la navegación. En
Argentina, a juzgar por la desmemoria de los
contemporáneos, parecen quedar cada vez menos marineros
y menos orgullo).
El 30 de enero de 1943 reemprende la navegación: quedan
cinco mil millas hasta llegar a Valparaíso. Una
nadería... Pero se cae y se rompe dos costillas. Se cura
en el trayecto: los huesos soldarán perfectamente. Y
luego un brinco de 3.500 millas entre Valparaíso y
Buenos Aires, por el terrible Cabo de Hornos. ¿Una
nadería? El viento glacial y los icebergs acosan. Vito
Dumas permanece siete días enteros al timón; pasa y
sigue. El 7 de julio de 1943, un año y una semana
después de su salida de Montevideo, entra en el puerto
de Mar del Plata. Curiosamente, estuvo a punto de perder
el Legh II. En el último tramo, Mar del Plata–Buenos
Aires, de apenas 200 millas, y tras haber dejado atrás
más de 20 mil, el yate da contra un banco de arena.
Dumas consigue salvarlo arrojando por la borda toda la
carga y llevándolo a la costa. En los primeros días de
agosto, Vito Dumas llega a Buenos Aires, cuyos
habitantes le tributan una multitudinaria bienvenida. Es
una apoteosis, ritual que en la Argentina precede al
olvido.
Juan F. Marguch |